Un país portátil

77 mil kilómetros cuadrados (11 mil más que Antioquia). Unos 3 millones de personas (500 mil menos que el Área Metropolitana de Medellín).  10.574 millones de dólares de presupuesto en 2010 (4 veces más que el presupuesto sumado de Medellín y los otros 9 municipios del Valle de Aburrá).  Dos océanos separados por 82 kilómetros, y que antes del canal interoceánico estuvieron conectados por el Camino de Cruces, abierto hace 500 años por Vasco Nuñez de Balboa cuando ni se sabía que El Pacífico estaba al otro lado.  Paraísos turísticos, reservas naturales, 5 comarcas indígenas.  Panamá.

Millón y medio de habitantes (casi 1 millón menos que Medellín), 21 corregimientos (división urbana). Edificios inmensos, de hasta 70 pisos, y muchos, por montones.  Pocos parques, andenes inexistentes. La ciudad más grande y desarrollada de El Pacífico en Latinoamérica, después de Lima, tal vez a la par con Guayaquil. El antiguo basurero municipal, al lado del mar, convertido hoy en Costa del Este, primer mundo al lado del mar. Una lluvia persistente, cerrada, 9 meses del año. Ilona llega con la lluvia, dice Mutis. Un frío que cala los huesos: la ciudad tropical más fría del mundo: los aires acondicionados generan el raro efecto de gente tropical andando con gorros y guantes en las oficinas. Una ciudad rodeada de bosques naturales. Una costa inmensa, a la que le dan la espalda: no existe el mar, para casi nada, en Ciudad de Panamá.

Es la primera semana de diciembre de 2010.  Acabo de terminar consultoría en gestión pública a la Alcaldía de esta ciudad, producto de una conferencia que vine a dar en agosto, invitado por empresarios privados para contar lo hecho en Medellín en alianzas público privadas.  Cuatro meses yendo y viniendo.

La primera vez me sentí un poco en Urabá, un poco en Miami.  En Urabá, por el paisaje y la temperatura real, la de las calles.  En Miami, por el horror de un modelo de ciudad que en muy pocos años ha tenido en el boom inmobiliario su potencial de desarrollo, gracias a las exoneraciones de impuestos para quienes construyen y para quienes compran.

Dicen las amigas y amigos de la cultura, de la sociedad civil, de las organizaciones ambientales, del gobierno, que acá todo se compra, todo se vende, que la corrupción es ley, y que como ley se aplica.  Dice Roberto Quintero, periodista y gestor cultural o al revés, que el Presidente se comporta no como Estadista sino como dueño de la finca.  Dice Daniel Coronell, en Semana, que el nepotismo es la marca de la casa.

Un canal, miles de barcos, millones de contenedores, gente de todas partes.  Un país de paso.  Un país de piratas.  Un país que se conforma.  Un país sin grandes tensiones y sin grandes pretensiones.  Un país de gente tranquila, que comienza a tener en la violencia su preocupación. Un país con canal y con tapón. Un país con menos de 10 librerías. Cuentan que en la invasión gringa para llevarse a Noriega, 1989, hubo saqueos enormes.  Todo fue saqueado menos un negocio, una librería, la Argosy. No querían libros los saqueadores   Un país con Danilo Pérez, puro Jazz al piano, espectacular.

Y con Rubén Blades, su casa en el bellísimo Casco Antiguo, junto a la Plaza de Francia, y quien ahora canta Un país portátil.  Qué maravilla.

Jorge Melguizo


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3 comentarios

Archivado bajo Panamá

3 Respuestas a “Un país portátil

  1. Jorge,

    Creo que es la primera vez que te leo. Tal como lo esperaba, la sensibilidad y la sensatez guían tus palabras.

    Un abrazo,

    @DanielUP

  2. Sergio Restrepo J

    Buen texto, deje ver más de lo que escribe, eso hace falta.

  3. Carlos Alberto Gómez Cortés

    Siempre he sido simpatizante y admirador de la labor del Señor Jorge Melguizo, a pesar de no creer en la blancura impecable de la política en ninguna parte del mundo pero no dejando de lado que es necesaria y recurrente, considero que Jorge refleja lo que yo quisiera ver en cualquier político comtemporaneo y que otrora vi en Luis Carlos Galán. Quisiera de alguna forma contribuir a que los deseos de Jorge sean conocidos por aquellas personas apáticas y renuentes a creer que aún hay seres humanos que pueden ser políticos y estar a la altura de ejercer acciones honestas encaminadas a servir a la comunidad.

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